¿Estamos solos en el Universo? Esa pregunta que tantos científicos, filósofos y ciudadanos en general se han planteado a lo largo de la historia, también se la hizo Winston Churchill (1874-1965). Y es que el político y estadista británico, que ha pasado a la historia como uno de los grandes líderes en épocas de guerra, fue también un hombre curioso y muy interesado en los avances de la ciencia y la tecnología. De hecho, fue el primer primer ministro británico en contar con un asesor científico, el físico Frederick Lindemann.

Plasmó sus reflexiones sobre la exploración espacial y la búsqueda de vida extraterrestreen un ensayo cuyo primer borrador escribió en 1939 y que la revista Nature saca ahora a la luz. Esta semana, el astrofísico y escritor Mario Livio comenta en la prestigiosa publicación británica algunas de las reflexiones que hizo Churchill precisamente en un momento de máxima tensión bélica, poco antes del inicio de la II Guerra Mundial.

Churchill, que fue primer ministro británico en dos periodos (1940-45 y 1951-55), comenzó a escribir este ensayo después de que en 1938, la radio estadounidense emitiera La guerra de los mundos (una adaptación de la novela que Herbert George Wells publicó en 1898) sobre una invasión alienígena de nuestro planeta. La “fiebre marciana”, recuerda Livio, inundaba los medios de comunicación.

Las 11 páginas mecanografiadas del ensayo, titulado ¿Estamos solos en el Universo? (Are we alone in the Universe?) se custodian desde los años 80 en los archivos del Museo Nacional de Churchill de EEUU en Fulton (Missouri). Llegaron a manos de Mario Livio durante una reciente visita al museo, cuando el director del centro, Timothy Riley, se lo mostró.

En su ensayo, Churchill sintetizaba buena parte del conocimiento científico acumulado en esa época sobre la posibilidad de que otros planetas albergaran vida. Hablaba del agua como elemento imprescindible para que surgiera y de lo que hoy se denomina la zona habitable de una estrella. Es decir, la distancia a la que tiene que estar un planeta de su astro -ni demasiado cerca ni demasiado lejos- para que teóricamente pueda albergar agua líquida y como consecuencia de ello, algún tipo de vida. Y es que, en esencia, el razonamiento de Churchill se basaba en una idea muy común entre los astrofísicos: teniendo en cuenta la inmensidad del Universo es difícil pensar que los humanos somos algo único.

Vida en otros planetas

Teniendo en cuenta todos estos elementos, concluía que Marte y Venus eran los únicos lugares del Sistema Solar que, junto a la Tierra, podrían albergar vida. Excluía a los planetas más alejados del Sol por ser demasiado fríos y a Mercurio (por ser demasiado cálido y frío según su zona). También descartó a la Luna y a los asteroides debido a que su gravedad era demasiado débil como para tener atmósferas.

Varias décadas antes de que, a principios de los 90, se descubrieran los primeros mundos fuera de nuestro sistema solar (exoplanetas), Churchill veía posible que otras estrellas albergaran planetas. “El Sol es solamente una estrella de nuestra galaxia, que contiene miles de millones de astros”, escribía. El político consideraba que una gran cantidad de los planetas extrasolares “tendrían el tamaño adecuado para contener agua y posiblemente algún tipo de atmósfera” y algunos estarían “a la distancia adecuada de su astro para mantener una temperatura propicia”. En la actualidad, hay 3.449 exoplanetas Y 2.577 sistemas solares confirmados, según la NASA

Pero también fue consciente de que un viaje interestelar para visitar alguno de estos mundos sería imposible para los humanos debido a las enormes distancias. Sí se mostraba esperanzado en que “un día, posiblemente en un futuro no muy lejano, podría ser posible viajar a la Luna, o incuso a Venus o a Marte”. En efecto, 30 años después, Neil Armstrong puso un pie en la Luna.

Ensayo inédito

Aunque el primer borrador fue escrito en 1939, Churchill lo revisó y realizó algunos cambios a finales de los años 50, durante una estancia en la villa del sur de Francia del agente literario y escritor Emery Reves. Cambió el titular original, ¿Estamos solos en el espacio? (Are we alone in Space?) por ¿Estamos solos en el Universo? para reflejar los cambios en la terminología y el conocimiento científico. De hecho, Livio destaca el tono y la cautela científica que impregnan el texto, y que él denomina “saludable escepticismo”.

Hasta que Wendy Reves, esposa del Emery Reves, lo cedió al museo estadounidense, el ensayo permaneció en la colección privada de la familia, por lo que nunca fue publicado o sometido al escrutinio científico, según asegura el director del museo. “En una época como la actual en la que tantos políticos rechazan la ciencia, me parece conmovedor recordar a un líder que se comprometió con ella de manera tan profunda”, escribe Livio en Nature.

El interés de Churchill por los temas de ciencia se remonta a su juventud. En 1896, cuando tenía 22 años y estaba destinado en la India con el Ejército Británico, leyó El origen de las especies, de Charles Darwin. Años después se animó a escribir sobre asuntos científicos, como la evolución y las células. Sus artículos fueron publicados en la década de los años 20 y de los 30 en periódicos y revistas como The Strand Magazine. Por ejemplo, en 1931 publicó un ensayo sobre la energía generada por la fusión nuclear. Según señala Livio, su contenido parece el resultado de sus conversaciones con su amigo Frederick LIndemann, el físico al que en los años 40 contrató como consejero.

Estadística para ganar la guerra

Durante la II Guerra Mundial, el premier británico apoyó el desarrollo del radar y del programa nuclear de Reino Unido. Se reunía con frecuencia con científicos como Bernard Lovell, padre de la radioastronomía, y estableció un clima de entendimiento con ellos que se tradujo en que el Gobierno financió la construcción de laboratorios, telescopios y el desarrollo de tecnología que después de la guerra propició descubrimientos e invenciones en campos como la genética molecular o la cristalografía de rayos X, una técnica de análisis de nuevos materiales.

Churchill se mostró fascinado por la posibilidad de utilizar la estadística para combatir a los sumergibles alemanes U-Boot. Livio recuerda un revelador diálogo entre el mariscal de la Real Fuerza Aérea británica Arthur Travers Harris, apodado Bomber Harris y hasta Butcher Harris (Bombardero Harris y Carnicero Harris). Harris, que fue el responsable de bombardear las ciudades de la Alemania nazi durante la contienda, se quejaba ante Churchill:

  • “¿Vamos a luchar en esta guerra usando armas o con reglas de cálculo?”

  • “Vamos a probar con las reglas de cálculo”, le respondió el premier.

Churchill subrayó, asimismo, la necesidad de que los científicos tuvieran muy en cuenta los valores humanísticos y la moral: “Necesitamos científicos en este mundo, pero no un mundo de científicos”, decía el político. En 1949, durante un discurso en el MIT, en Boston, afirmó: “Si con todos medios de la ciencia moderna somos incapaces de evitar hambrunas en el mundo, todos deberíamos culparnos“. También fue capaz de ver que el desarrollo de nuevas ramas de la ciencia y la ingeniería favorecerían la posición de su país, el desarrollo de la sociedad y los ingresos económicos.

Livio considera que los líderes políticos deberían seguir el ejemplo de Churchill en lo que respecta a su actitud hacia la ciencia: “contar con asesores científicos permanentes y hacer un buen uso de ellos”.

Fuente: http://www.elmundo.es/ciencia/2017/02/15/58a45030e5fdea714d8b4581.html

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