En esta ocasión Nando Dominguez nos trae a Marko Konjevic hijo del inventor y a Carlos Ballester un buen amigo de la familia, ellos nos contaran el trabajo que realizo su padre y las experiencias paranormales que han rodeado siempre a este señor que falleció en enero de este año 2017.


‘científico’ croata llegó a emular a Tesla y presumía de haber inventado un regenerador celular.
El doctor Bozidar ‘Christian’ Konjevic dedicó su vida a investigar la regeneración de las células. Murió el 7 de enero
Konjevic nació en 1941 en Prijeboj (Croacia), pero abandonó su país en 1960, dos años después de que su padre y su hermano fuesen asesinados por motivos políticos
Huyó a Austria y luego a Alemania, donde trabajó como ingeniero para Siemens. Allí conoció a una gallega con la que se casó y tuvo tres hijos. Se trasladaron a vivir a Torrent (Valencia) en 1968, donde trabajó como investigador en varias parcelas. Su abanico de inventos abarcaba desde el sector de los motores hasta el de la salud. Aseguraba que, al igual que su compatriota Nikola Tesla, había descubierto importantes avances eléctricos que le habían llevado a inventar un motor eléctrico que no consumía energía.

Se llama Bozidar Konjevic Lisac, pero desde siempre se dio a conocer como Christian, nombre que impuso a su hijo más pequeño, que es el que ha seguido su estela profesional en el mundo de la electrónica.

Bozidar-Christian es inventor y croata, aunque se le puede considerar valenciano, y de hecho así se ve él, valenciano de adopción, porque vive en Valencia desde 1968 y sus tres hijos son valencianos.

Sin embargo, hubo un tiempo en el que fue apátrida; no tenía nacionalidad porque no quería ser yugoslavo, huyó de la represión del régimen de Tito, se sentía croata, pero Croacia no era independiente y todavía pasarían décadas hasta serlo.

Se escapó de su tierra balcánica cuando mataron a su padre y a un hermano. Temió que fueran también a por él y además se prometió luchar por la causa croata. Tenía 20 años y corrió una arriesgada odisea para salir de la antigua Yugoslavia sin que le detuvieran. Llegó a Austria, consiguió asilo político y luego pasó a Alemania («los alemanes siempre han sido amigos de los croatas», recuerda), donde perfeccionó sus estudios, inició su labor investigadora en una compañía electrónica y se casó con Carmen, una compañera de la empresa que era -es- gallega, de Vigo, con la que vino poco después a España. Se establecieron en Valencia porque la familia de ella ya vivían aquí.

Un día de 1976, Christian se presentó en LAS PROVINCIAS para contar que tenía un motor eléctrico que no consumía kilovatios. Según explicaba, se enchufaba a la red, utilizaba la corriente, pero el contador no corría. ¿El movimiento continuo?, ¿por fin una suerte de piedra filosofal? En la Politécnica dijeron los profesores que si aquello fuera cierto tendrían que romper sus títulos, pero no acertaron a diagnosticar qué pasaba con aquel aparato.

Christian afirma al respecto que «el descubrimiento científico se encuentra siempre en la ciencia desconocida, nunca en la conocida, y el investigador es precisamente una persona con capacidad para penetrar en lo desconocido hasta ese momento».

Le pidieron que abriera el armazón que albergaba el aparato y se negó, claro, porque no quería desvelar sus secretos. Los académicos sospechaban que podría haber dentro pilas o condensadores, por lo que el investigador ofreció tenerlo en marcha el tiempo que quisieran, hasta que se estimara que las pilas acabaran agotándose y así podrían ver que, pese a ello, seguía en marcha, pero exigía estar delante, vigilando, y desistieron de ello.

La falta de recursos y de atención por parte de la ciencia oficial le hizo retirarse del empeño, aunque ha seguido rumiándolo, haciendo más pruebas y cálculos, ahora ya con la colaboración de su hijo Christian.

El resultado de todo ello ha sido un nuevo invento en el que llevan investigando más de diez años. Se trata de un dispositivo para coches eléctricos. Asegura que permitirá grandes ahorros de consumo de energía y una prolongación extraordinaria de la autonomía de estos vehículos, una cuestión que es actualmente el gran caballo de batalla. Todos quieren apostar por el coche eléctrico, consumidores, autoridades y fabricantes de automoción, pero los vehículos difícilmente superan los 200 kilómetros de autonomía sin necesidad de enchufarse a la red, lo que frena las ventas.

Los Konjevic, padre e hijo, no aventuran cifras concretas, se conforman con asegurar que «los resultados serán sorprendentes». En su laboratorio tienen un prototipo en el que han experimentado una y otra vez la viabilidad de sus propuestas. Están convencidos de que funciona, pero les falta adaptarlo definitivamente a un coche para realizar pruebas concretas en carretera, y para eso necesitan financiación.

La carrera científica de Christian nació de su admiración por Nikola Tesla, padre de la corriente alterna, del motor eléctrico y de la transmisión de ondas, a quien nuestro protagonista le recrimina, sin embargo, «que se quedara corto en algunas cosas cuando las tenía delante y él era el más grande en esto».

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